Ariadna Montiel y el orden necesario

Luis Velázquez

5/11/2026

Hay momentos en la política que no admiten discursos decorativos y este es uno de ellos.

La llegada de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional de Morena no puede leerse como un simple relevo orgánico.

Es, en realidad, un movimiento de precisión en un tablero que se ha vuelto más complejo de lo que el propio oficialismo quisiera admitir.

Su mensaje de toma de protesta confirma esa lectura.

No fue un discurso para entusiasmar a la opinión pública, ni para abrir una conversación con los adversarios.

Fue, más bien, un ejercicio de orden interno: una narrativa que recurre al origen —la lucha, la resistencia, la larga noche neoliberal— para reafirmar algo esencial en este momento: la legitimidad del movimiento no está en el poder que ejerce, sino en la historia que lo sostiene.

Pero en política, la forma siempre revela el fondo y en ese fondo aparece con claridad la intención de fijar reglas.

Cuando Montiel habla de trayectorias impecables” hacia el 2027, no está apelando a la ética en abstracto.

Está enviando una señal: el proceso de selección, de depuración y de control interno ya comenzó.

No es casual, Morena enfrenta una presión inusual desde el exterior.

Los señalamientos que han comenzado a circular en Estados Unidos —que buscan asociar a figuras del movimiento con estructuras criminales como el caso de Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia en Sinaloa— no son menores.

No necesariamente por su veracidad, sino por su capacidad de erosionar una marca política que se ha construido sobre la idea de superioridad moral.

Al mismo tiempo, hacia adentro, el equilibrio es frágil.

El obradorismo —con su peso simbólico y su lógica de lealtades— convive ahora con un nuevo centro de poder que encabeza Claudia Sheinbaum, quien ha comenzado a imprimir su propio ritmo y sus propias reglas.

En ese punto de tensión, el discurso de Montiel adquiere su verdadero significado. Hay que desmenuzarlo y leerlo con cuidado.

La insistencia en el territorio, en la organización, en la cercanía con la base, no es retórica: es estrategia.

Morena sabe que su fortaleza no reside en la narrativa mediática, sino en su capacidad de movilización.

Y frente a un entorno más adverso, la respuesta es replegarse hacia su estructura, reforzarla, disciplinarla.

Sin embargo, todo proceso de orden implica riesgos. Los enumeró;

El primero: confundir cohesión con unanimidad.

El segundo: sustituir deliberación por obediencia.

El tercero: creer que la legitimidad histórica es suficiente para sostener el presente.

En otras palabras, el peligro no está solo en la presión externa, sino en la tentación interna de cerrarse sobre sí mismo. De gustarse demasiado.

Ahí conviene recordar a Byung-Chul Han, quien advierte en La sociedad de la transparencia:

El exceso de positividad no genera libertad, sino nuevas formas de control.”

Traducido al lenguaje político: un movimiento que solo se reafirma a sí mismo corre el riesgo de perder la capacidad de corregirse.

La unidad que se invoca no es deliberativa, es funcional. No se construye a partir de la diversidad, sino de la alineación.

Y eso plantea una interrogante de fondo: si Morena está en condiciones de transitar de movimiento a institución sin perder cohesión, o si ese mismo proceso abrirá las fisuras que hasta ahora han permanecido contenidas.

Sheinbaum, en este escenario, parece apostar por una premisa clásica: el poder no se fragmenta, se administra.

Y para administrarlo, se requiere orden.

Ariadna Montiel encarna ese momento.

No llega a conducir un debate. Todo indica que llega a consolidar una estructura y eso, en tiempos de presión externa y tensiones internas, suele ser menos visible, pero mucho más decisivo.

NOCAUT.

En la Ciudad de México se cumplieron cinco años del colapso de la Línea 12 y sobra decir que los responsables siguen impunes, pero no hay que dejarlo en el olvido porque siempre prevalece la esperanza.

¡Abrazos, no periodicazos!

Luis Velázquez