El Estado de México donde ya nadie espera soluciones


Por Gerardo Jiménez
Durante años, los gobiernos mexiquenses aprendieron a gobernar desde el discurso y no desde la calle. Cambian los colores, cambian los partidos y cambian los slogans, pero el paisaje urbano sigue siendo el mismo: colonias inundadas, transporte colapsado, policías rebasados, hospitales saturados y millones de personas sobreviviendo entre el abandono y la resignación.
Hoy, el Estado de México vive convertido en una auténtica zona cero metropolitana. Un territorio donde el deterioro urbano dejó de ser excepción para convertirse en normalidad.
Mientras desde Palacio de Gobierno se habla de “transformación”, en Ecatepec las familias siguen almacenando agua en tambos porque el suministro desaparece durante días; en Chalco, cada temporada de lluvias revive el miedo de perder el patrimonio bajo aguas negras; en Naucalpan, los asaltos y extorsiones forman parte de la rutina diaria; y en Nezahualcóyotl el transporte público continúa siendo una condena de varias horas para quienes cruzan diariamente hacia la Ciudad de México.
La tragedia mexiquense no está únicamente en la pobreza. Está en la costumbre institucional de administrar el desastre.
Los recientes discursos de la gobernadora Delfina Gómez han insistido en conceptos como coordinación, bienestar y justicia social. Sin embargo, el problema del Estado de México ya no se resuelve únicamente con programas sociales o mesas de seguridad. El tamaño de la crisis urbana exige algo que hasta ahora ningún gobierno ha querido enfrentar: reconstruir el modelo metropolitano completo.
Porque el oriente mexiquense creció durante décadas sin planeación real. Millones de personas fueron empujadas hacia municipios dormitorio sin servicios suficientes, sin agua garantizada, sin drenaje funcional y sin infraestructura de movilidad digna. El resultado es visible todos los días: avenidas destruidas, transporte irregular, comercio informal desbordado y una percepción permanente de inseguridad.
La llamada transformación llegó al poder prometiendo cercanía con la gente, pero la calle sigue contando otra historia. Ahí donde la propaganda termina, comienza la verdadera zona cero: la de los ciudadanos que tardan cuatro horas diarias en trasladarse, la de las mujeres que viven bajo alerta de violencia de género y la de comerciantes que pagan extorsión mientras observan cómo el Estado simplemente no alcanza.
El problema para el actual gobierno es que la expectativa era enorme. Delfina Gómez no heredó solamente un estado endeudado en infraestructura y seguridad; heredó también el hartazgo social acumulado contra décadas de abandono político. Y precisamente por eso, la ciudadanía esperaba mucho más que diagnósticos repetidos.
Porque en el Edomex ya todos conocen los problemas. Lo que no aparece todavía son las soluciones visibles.
La inseguridad no disminuye únicamente con operativos mediáticos. Las inundaciones no se resuelven con recorridos bajo la lluvia. Y la desigualdad urbana no desaparece repitiendo discursos sobre bienestar mientras millones viven atrapados entre la precariedad y el caos metropolitano.
A esto se suma otro fenómeno silencioso pero cada vez más evidente: el desgaste emocional de vivir en una metrópoli colapsada. En municipios mexiquenses ya no sólo se perdió la confianza en las autoridades; también comienza a perderse la esperanza de que las condiciones urbanas puedan mejorar. La ciudadanía aprendió a sobrevivir entre baches, asaltos, fugas de agua y transporte saturado como si fueran parte natural del paisaje.
El problema es que cuando un gobierno normaliza la emergencia, también normaliza el deterioro institucional. Las patrullas dejan de ser símbolo de seguridad y se convierten en presencia decorativa; las obras públicas se anuncian como rescates históricos aunque apenas representen mantenimiento básico; y las mesas de coordinación terminan funcionando más como ejercicios políticos que como soluciones tangibles para millones de personas.
En la llamada zona cero mexiquense, la realidad rebasa todos los días al discurso oficial. Basta recorrer vialidades principales de Ecatepec, Chimalhuacán o Valle de Chalco para entender que el colapso urbano no es una percepción opositora, sino una experiencia cotidiana. Ahí están los puentes grafiteados, los drenajes colapsados, las avenidas oscuras y el comercio informal creciendo donde el Estado dejó espacios vacíos.
Quizá el mayor desafío para Delfina Gómez no sea únicamente combatir la inseguridad o resolver la crisis del agua. El verdadero reto será demostrar que el Estado de México todavía puede gobernarse sin administrar permanentemente el desastre. Porque mientras el gobierno siga reaccionando a las crisis en lugar de prevenirlas, la zona cero seguirá expandiéndose municipio por municipio, calle por calle y colonia por colonia.


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