El regreso de las tribus


Por Luis Eduardo Velázquez
Morena acaba de cumplir doce años.
Llegó a esa edad convertido en el partido dominante del país, pero también enfrentando un fenómeno que su propio origen quiso desterrar: el regreso de las tribus.
Doce años bastaron para pasar de movimiento a partido, de oposición a gobierno y de la disciplina alrededor de un liderazgo a la disputa por la administración del poder.
El problema de Morena ya no es conquistar el poder. Es repartirlo.
Y ahí comienza una transformación que será cada vez más visible conforme se acerquen las elecciones de 2027.
Las gubernaturas en disputa son apenas el primer aviso. Cada candidatura significa mucho más que un nombre en una boleta: significa territorio, presupuesto, congresos locales, alcaldías, estructuras electorales y capacidad para influir en la siguiente sucesión presidencial.
Ya no se disputa solamente quién será candidato.
Se disputa quién controla una parte del movimiento.
Morena nació con una enorme ventaja sobre las organizaciones de izquierda que lo precedieron: Andrés Manuel López Obrador era un árbitro prácticamente indiscutible.
Podían existir diferencias, aspiraciones y grupos, pero había un liderazgo capaz de ordenar la competencia.
Ese tiempo terminó.
Hoy conviven dentro del mismo partido gobernadores, legisladores, dirigentes, liderazgos regionales, funcionarios federales y personajes con proyectos propios. No necesitan declararse corrientes para actuar como centros de poder.
Y alrededor están los aliados.
El Partido Verde busca ampliar su territorio y elevar el precio de su respaldo. El PT enfrenta el desafío contrario: evitar que la nueva distribución del poder reduzca su capacidad de negociación.
La paradoja es formidable.
Morena fue construido precisamente contra la lógica de las facciones que durante años fragmentaron a la izquierda mexicana. Ahora debe demostrar que puede administrar sus propias diferencias sin reproducir aquello que combatió.
Eso no significa que Morena esté roto.
Significa algo quizá más interesante: dejó de ser solamente un movimiento y se convirtió en un sistema de poder.
Y los sistemas de poder producen intereses.
La dirigencia tendrá que procesarlos. Claudia Sheinbaum necesitará conservar la coordinación de un bloque en el que cada aliado conoce mejor el valor de sus votos y cada grupo interno sabe cuánto territorio controla.
La elección de 2027 será, en ese sentido, algo más que una disputa entre gobierno y oposición.
Será también una negociación dentro del propio oficialismo.
Ahí aparecerá una realidad incómoda para quienes construyeron Morena desde sus primeros años:
Los fundadores ya no necesariamente controlan todo lo que fundaron.
El éxito electoral hizo crecer al movimiento, pero también multiplicó las manos que quieren conducirlo.
Morena conquistó el poder prometiendo superar las viejas prácticas de la izquierda. Ahora tendrá que demostrar que puede repartir ese poder sin reproducirlas.
Las tribus no regresan cuando alguien les pone nombre. Regresan cuando cada grupo comienza a defender su parcela.
¡Abrazos, no periodicazos!
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