La Ordeña

El Voyeur

7/7/2026

En la mirada del vendedor puede leerse lo que pasa por su mente, seguramente es una pregunta: “¿Por qué demonios me están grabando con un celular? ¿Qué me ven?”. Lo cierto es que nadie le dice que su producto de venta está siendo ordeñado.

Y es que esa maldita práctica que se ha convertido en un recurso o una herramienta para allegarse, robarse o sustraer lo de otros -sea gobierno o un particular- es algo tan arraigado y tan común que la misma imagen se vuelve ejemplificante para vergüenza de México, de sus políticos, de su población, de sus aficionados, de su gente.

Esa imagen es una prístina muestra, clarificante y ejemplificante, de lo arraigado que está en el alma de muchos mexicanos el llamado “agandalle”, ese mexicanismo en el léxico nacional que implica apropiarse de algo de manera abusiva, aprovechada o ventajosa.

El vendedor, que le invierte esfuerzo, dedicación y en ocasiones dinero -dicen que algunos pagaron hasta 20 mil pesos para trabajar durante los partidos de México en el estadio Azteca- entregará el producto que le quede al vaso. Se preguntará el por qué de la baja en el líquido en el vaso y si el cliente es exigente, no le aceptará el producto.

Y ya no hablemos de los temas de bacterias o virus que quedan en el popote-ducto de ese banderín con el que se sustrae el producto de manera ventajosa. “¿Qué más da?”, pensará el delincuente, mientras ejecuta su acción con tino y protegido por el águila y la serpiente de la bandera tricolor. Hay la venia de la patria.

Más de uno observa la acción, pero nadie hace nada, como siempre: el que graba, no hace nada.

Beber la cerveza de un vaso a escondidas del vendedor es una extraordinaria analogía de lo que pasa en México. Así pasa con la energía eléctrica y los “diablitos”; con las conexiones irregulares a la red de agua potable; a las descargas ilegales en el sistema de drenaje; en la perforación de ductos de gas, de turbosina, diésel y gasolina. Es el agandalle retratado con perfección.

La imagen del simpatizante de la selección nacional de fútbol sustrayendo unos tragos de cerveza puede parecer chiste, ocurrencia, una estampa de la picaresca nacional, pero no, en el fondo es un acto que debería generar vergüenza y condena.

Pero no queda ahí, lo peor, al final del video, es que el delincuente/gandalla -al darse cuenta de que es grabado-, no rehúye, no se voltea, no esconde el rostro, por el contrario, sonríe burlón y orgulloso de su graciosada, de su travesura, una travesura que comete un adulto con plena conciencia y que, seguramente, lo volverá a hacer confiado en que, en este país, al gandalla no le pasa nada y que la justicia debe hacerse en los bueyes de mi compadre.

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