México reprueba en PISA: la Nueva Escuela Mexicana, ante el reto de demostrar resultados
El desempeño de los estudiantes mexicanos en matemáticas, lectura y ciencias mantiene al país por debajo de los estándares de la OCDE; el nuevo modelo educativo tendrá que demostrar que puede convertir su discurso de transformación en mejores aprendizajes.
México enfrenta nuevamente una señal de alarma en materia educativa. Los resultados de la evaluación internacional PISA colocan al país por debajo de los promedios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en las principales áreas evaluadas: matemáticas, lectura y ciencias. El diagnóstico vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que difícilmente puede evadirse: ¿está funcionando el sistema educativo mexicano y, particularmente, hacia dónde se dirige la Nueva Escuela Mexicana?
En la edición 2022, México obtuvo 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias, frente a promedios de la OCDE de 472, 476 y 485 puntos, respectivamente. Apenas 34 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas; en lectura lo consiguió 53 por ciento y en ciencias 49 por ciento. Estas cifras reflejan que una proporción considerable de adolescentes llega a los 15 años sin contar con las habilidades que PISA considera necesarias para aplicar conocimientos a problemas de la vida cotidiana.
El escenario representa un desafío particularmente relevante para la Nueva Escuela Mexicana (NEM), modelo educativo que plantea una transformación profunda de la enseñanza y promueve el aprendizaje contextualizado, el trabajo por proyectos, la colaboración y la integración de conocimientos. La SEP sostiene que este modelo busca colocar al estudiante en el centro y fortalecer una educación humanista, inclusiva e intercultural. Sin embargo, los resultados de PISA obligan a que esa transformación sea acompañada de resultados verificables en aprendizajes fundamentales, especialmente en matemáticas, comprensión lectora y pensamiento científico.
La propia Secretaría de Educación Pública ha señalado que las pruebas estandarizadas tienen limitaciones y que PISA no puede utilizarse como el único instrumento para medir la calidad educativa. También ha defendido que la NEM apuesta por evaluaciones diagnósticas y formativas que permitan dar seguimiento individual al aprendizaje de los alumnos. El argumento es válido, pero no elimina el valor de una evaluación internacional que permite comparar el desempeño de los estudiantes mexicanos con el de jóvenes de otros países.
Hay, además, una consideración que debe evitar conclusiones apresuradas: no puede atribuirse directamente a la Nueva Escuela Mexicana el resultado de PISA, debido a que las generaciones evaluadas han cursado buena parte de su trayectoria bajo modelos educativos anteriores. Por ello, PISA debe entenderse como un diagnóstico del sistema educativo mexicano y, al mismo tiempo, como un punto de partida para medir en los próximos años si la NEM consigue mejorar efectivamente los aprendizajes.
El reto, entonces, va más allá de una discusión política entre defensores y críticos del nuevo modelo educativo. México necesita que sus estudiantes comprendan lo que leen, resuelvan problemas matemáticos, interpreten información y desarrollen pensamiento científico. La Nueva Escuela Mexicana tendrá que demostrar con hechos que su propuesta pedagógica puede traducirse en mejores resultados dentro de las aulas.
PISA deja así una advertencia que no debería ser ignorada: México no puede conformarse con transformar el discurso educativo; necesita transformar los resultados. La verdadera evaluación de la Nueva Escuela Mexicana llegará cuando las nuevas generaciones sean capaces de demostrar, en pruebas nacionales e internacionales y, sobre todo, en la vida cotidiana, que están aprendiendo más y mejor.


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