Tormentas que anegan gobiernos


Por Gerardo Jiménez
La primera gran temporada de lluvias de 2026 llegó acompañada de una vieja postal que se repite cada año en la zona metropolitana más grande del país: avenidas convertidas en ríos, vehículos atrapados bajo pasos a desnivel, transporte público paralizado y miles de personas intentando regresar a casa en medio del caos.
Pero detrás de las imágenes virales y de los reportes de Protección Civil existe una historia más profunda. Las lluvias no provocaron una crisis nueva; simplemente exhibieron una crisis que lleva años construyéndose.
En la Ciudad de México, las tormentas de principios de junio dejaron una acumulación superior a 25 millones de metros cúbicos de agua en apenas unas horas. El resultado fue predecible: encharcamientos severos, afectaciones al transporte y vialidades colapsadas. Del otro lado de la frontera administrativa, en el Estado de México, municipios como Tultitlán, Coacalco y Cuautitlán Izcalli volvieron a padecer inundaciones que paralizaron una de las zonas industriales y habitacionales más importantes del Valle de México.
La suspensión parcial de operaciones de la Línea 2 del Mexibús sobre la Vía José López Portillo se convirtió en una muestra de la fragilidad de un sistema de movilidad que transporta diariamente a cientos de miles de personas. Bastaron unas horas de lluvia para alterar la dinámica económica y social de toda una región.
Lo preocupante es que nada de esto tomó por sorpresa a las autoridades.
Los puntos de inundación son prácticamente los mismos desde hace años. Los bajopuentes conflictivos son conocidos. Las colonias que padecen tandeos de agua también están identificadas. Las vialidades con baches crónicos aparecen una y otra vez en los reportes vecinales. Sin embargo, cada temporada de lluvias parece enfrentarse como si fuera la primera.
La política pública sigue reaccionando a la emergencia en lugar de anticiparse a ella.
Mientras los gobiernos anuncian programas de desazolve cuando las lluvias ya comenzaron, los ciudadanos continúan enfrentando drenajes insuficientes, alcantarillas saturadas y una red hidráulica que en muchos casos fue diseñada para una ciudad mucho más pequeña que la actual.
La contradicción es evidente. En amplias zonas metropolitanas los vecinos pueden padecer inundaciones durante una tormenta y, al mismo tiempo, sufrir escasez de agua potable durante el resto de la semana. El problema no es la falta de agua. El problema es una infraestructura que envejeció más rápido que la capacidad política para renovarla.
La situación adquiere una dimensión aún más delicada cuando se observa el calendario político. A un año de las elecciones y con el Mundial de Fútbol en curso, la Ciudad de México y su zona conurbada buscan proyectarse como una metrópoli moderna, conectada y preparada para recibir millones de visitantes.
Sin embargo, las lluvias están enviando un mensaje distinto.
Mientras se discuten corredores turísticos, operativos especiales y estrategias de movilidad para los aficionados, millones de habitantes siguen esperando soluciones básicas: drenajes funcionales, calles transitables, transporte confiable y suministro regular de agua.
La tormenta también evidenció otro problema histórico: la ausencia de una verdadera gobernanza metropolitana.
El agua no distingue entre alcaldías y municipios. Tampoco reconoce fronteras entre la Ciudad de México y el Estado de México. Sin embargo, la planeación sigue fragmentada entre distintos niveles de gobierno, presupuestos separados y estrategias que pocas veces se coordinan de manera integral.
La zona metropolitana funciona como una sola ciudad para más de veinte millones de personas, pero continúa administrándose como territorios aislados.
Por eso, el verdadero desafío no consiste únicamente en retirar agua de las calles cuando ocurre una inundación. El reto es construir una visión metropolitana capaz de atender problemas compartidos antes de que se conviertan en emergencias.
Las lluvias de junio dejaron una lección incómoda para los gobiernos de ambos lados de la frontera política. La infraestructura urbana ya no está respondiendo a las nuevas condiciones climáticas ni al crecimiento poblacional del Valle de México.
El agua que corrió por avenidas, estaciones de transporte y colonias enteras no sólo arrastró basura y lodo. También arrastró el discurso oficial que presume modernización mientras millones de ciudadanos siguen enfrentando los mismos problemas de hace décadas.
Porque al final, las tormentas no son el problema. Son el espejo.
Y en ese espejo, la metrópoli sigue viendo reflejadas las mismas deudas públicas que año tras año nadie termina de pagar.


Algunos Derechos Reservados
2026
